Wednesday, November 16, 2005

VIAJE ALREDEDOR DE LA LUNA

VIAJE ALREDEDOR DE LA LUNA

Cronica 11 y 12 de junio 2004

María Luisa Rubio

El día: 11 y 12 de junio de 2004. El lugar: Finca Luna Azul, San Juan Teotihuacan, detrás del módulo de Transportes Teotihuacanos, al lado del Balneario La Fuente, Barda azul. El contacto: Tonatiuh Martínez (teléfonos). El motivo: Ceremonia y festejo por la inauguración del Centro Cultural “Luna Azul”.

Esta vez, Cardo haría un ejemplo demostrativo de su nombre: cada quien llegaría por su lado. El venerable consejo de ancianos (Doña Lupita, Premalata y Amaradás) y nuestra líder (Raquel, of course) saldría de Tacubaya bajo la responsabilidad del insumergible Juan rumbo a Lomas de Sotelo, lugar donde completaría su venerabilidad en la figura de Dolores Castro y agarraría camino. Otro racimo salió de la terminal de autobuses en la estación del metro Deportivo 18 de Marzo. Nora, Marialuisa, el invitado Eduardo Montenegro y el Tigre Famélico se dieron cita en ese lugar a las 10 de la mañana y una vez reunidos, hora de partir, costó mucho trabajo desprender las pupilas de los muchachos del cuerpo de una joven sirena que medía con largos pasos el andén. El viaje transcurrió en amable plática, en la que, para variar, el Tigre Famélico suspendía su natural escéptico para darle demasiado crédito a Will Durand y, no sin cierta inocencia, descalabrar la figura de Goethe en favor de Beethoven. Después de un sabrosísimo concierto a bordo de la nave, a cargo de dos charros mexiquenses, en el que el Tigre movía el bigote al son de “No me dejes, por dios te lo pido”, el cuarteto de viajeros cayó en la cuenta de que los costados de la carretera estaban sembrados con castillos medievales. En realidad vieron solamente uno, pero es de todos conocido que la hiperbofilia es una enfermedad contagiosa, progresiva y mortal.

Llegaron al centro de San Juan Teotihuacan, no sin antes haber tratado al operador como a pesero defequense, al exigirle a gritos ¡bajan!¡bajan! y aquel responder, un tanto sorprendido, “aquí no hay parada”. En el restaurante “La Terraza” desde cuya ventana se divisaba el kiosco de la placita procedieron a refinarse unos teotihuacanos desayunos, con sus respectivos jugo y café serrero (whatever it means) y emprendieron el camino rumbo a la Finca. Ahí el contingente se subdividió, pues Nora y Eduardo pernoctarían en la casa de un amigo, por lo que fueron a dar noticia de su llegada y a descargar sus bártulos, así que Marialuisa y el Tigre continuaron, tropezándose a cada rato con el deslumbrante colorido de las flores, hasta llegar a la Luna Azul.

Tremendo portón de hacienda abierto de par en par los esperaba, aunque adentro no los esperara nadie ni ellos mismos esperasen lo que habrían de encontrar. Ya adentro, a la izquierda, una puerta más pequeña daba paso a un patio interior con piso de barro en el que estaban colocando una lona; más adelante el jardín de la finca, amplio y soleadísimo en el que otra lona esperaba a techar un temascal en construcción. Al fondo del predio una superficie de tierra que parecía una cancha; más hacia acá una alberca franqueada por dos leones de piedra. Los sorprendidos reciénllegados descubrieron que además (¡ADEMÁS!) había un amplio salón de ventanas en arco colonial con una mesa de billar y confortables sillones, espacio que de inmediato secuestraron para convertirlo en el centro de operaciones. En lo que el Tigre hacía nomeacuerdoqué Marialuisa salió al jardín en cuyo extremo más alejado estaba en plena construcción el temascal y cuál no sería su sorpresa al encontrar a Tonatiuh el temazcalero[1], capitán de navío en una travesía anterior, en la que se verificaría el matrimonio... pero esa es otra historia que, por cierto, no se ha escrito. Volvamos a la nuestra.

El Tigre Famélico y Marialuisa salieron a dar una vuelta por el pueblo; visitaron el mercado donde compraron unos dulces mangos que les recordaron otro viaje (el de Tehuantepec[2]) y vieron junto al puesto de frutas un desflorecido altar a San Juan Bautista que, a decir del Tigre, le hacía honor al estilo estoico del santo. Siguieron dando la vuelta, mientras hablaban del gusto por el bien decir y de cómo el Tigre ha estado trabajando en ello con mucho ahínco y tezón y vaya que habría de dar sobrada muestra de ello más tarde. Para cuando regresaron, porque los pies de Marialuisa ya se habían quedado roncos, Nora y Eduardo estaban dándole duro al billar y los recién llegados se estaban uniendo a la taquiza (por los tacos del billar, se entiende, ¿no?) cuando llegó Tonatiuh Martínez, titiritero y fantabulista, autor intelectual y material de esta aventura todavía en pañales, a darles un merecidísimo abrazo; a anunciar que en breve empezaría la comilona; a avisar que mientras unos estaban en la Luna Azul, Raquel, los venerables y el insumergible estaban en el Quinto Sol y que él iba por el requerimiento técnico de la música de más al rato y que ahorita regresaba.

En eso estaban cuando llegó Froylán, el generosísimo anfitrión, y de inmediato los llevó a dar un recorrido por la casa principal de la finca, les enseñó algunas fotos de la zona arqueológica y sus alrededores de hacía muchísimo tiempo, les mostró un bodegón en el que había ensayado sus inquietudes pictóricas y luego se divirtió haciendo gala de su egoteca [sic de Froylán]. Acto seguido les platicó de su cercanía con Ixtoc, joven jugador de pelota con el que está trabajando en el rescate de ese deporte prehispánico con tanto éxito que ya tienen invitación para inaugurar el Campeonato Mundial de Fútbol Alemania 2006 y les mostraba el aro labrado en obsidiana que se trabajó para ese efecto, cuando empezaron a llegar más invitados, por lo que el cuarteto se retiró a los jardines de la finca. Marialuisa presentó a Eduardo con Tonatiuh el temascalero y los dejó trabajando, mientras Nora, Roberto y ella misma la emprendían con el pasto, a aplanarlo con las aposentaderas lo más fuerte posible.

Estuvieron platicando un rato y no se sabe cómo se zafó el Tigre o qué respuestas le dio al resuelto interrogatorio que Nora ejercía sobre su persona mientras Marialuisa hacía la meme. Y ahí inició la verdadera fiesta, porque empezaron a llegar los invitados: Ana María y Angel, pintora y escritor locales; Raquel, los venerables y el insumergible; Tonatiuh Mar... y llegaron los tacos y el agua de jamaica y una torrencial lluvia que congregó a todos en la mesa de en medio en la que Froylán contaba la historia de su ruptura amorosa, la adquisición y progresiva restauración de la finca con la palmera bajo la cual se le había declarado a su ahora exesposa veintisiete años atrás y el origen del nombre Luna Azul: su hija, Deyanira, se miraba azul desde que era niña. Concluyeron el ágape en medio de estruendosas risas por las quejas que levantó en Froylán la subrepticia pero inocente sustitución a su lado de Nora por Tonatiuh y mientras los prendidísimos chavos del grupo Alzheimer se acomodaban para el toquín, Cardo trabajaba en poemas frescos para ofrendar en la lectura; aquí algunos de ellos:

Que me alumbrara la risa,
le pedí a la luna azul
el beso no fue de tul
sino de piedra caliza.
Un relámpago de prisa
iluminó el horizonte
y allá en la cima del monte
lucía luz sus matices:
rescata Froy las raíces
con el canto del zenzontle.

(Faltan los de Prema y Amaradás)

En esas estaban, cuando les presentaron a María, jovencísima poetísima de la región que también se echó su palomazo. Habían decidido que la lectura iba a ser más informal que otras veces, pero al ver la indecisión de sus tropas, después de la presentación de Tonatiuh y el primer gran fragmento de Cien años de soledad en voz del Tigre Famélico, Raquel empezó a destacar soldados al frente: José Antonio, Premalata, Nora, Eduardo y María hicieron el primer movimiento y entregaron uno de los obsequios de Salvajes a Luna Azul: un bellísimo cuadro escarlata en el que se veía una luna en cuarto menguante abrazada a un alebrije azul, cuadro que Nora había terminado la noche previa a la luz de un pisco que se tomó con una amiga chilena. Mientras Alzheimer recetaba una sabrosísima tanda de música llegó Iseo y luego Tania, Iván y Máximo y se empezó a juntar un contingente tal que ameritaba el banquete de mangos que se dieron y que les dejó las manos y las bocas amarillos pero dulces.

Para la segunda tanda de poemas ya había tanta gente que no sería correcto nombrarlos a todos por no olvidar a alguno y porque además no todos los nombres eran conocidos. Dolores Castro abrió fuego con la naturaleza, tino, generosidad y buen humor que le son propios, luego Raquel convocó a Valentina que no llevaba sus poemas, así que Tania, Iván y María Luisa hicieron los honores y luego Raquel leyó un poema dedicado a Doña Lupita y le dejo el micrófono a Tonatiuh Mar y a Froylán que se hizo tanto del rogar que terminó perdiendo el poema que iba a leer y mejor compartió el gran cariño que le tiene a su familia en la letra de una epístola dirigida a uno de sus hijos.

Alzheimer volvió a hacer de las suyas y aunque la música estaba muy prendida como que hacía falta combustible, así que los de siempre[3] se organizaron vaquita y excursión a por zumos etílicos y de pasada acarrearon a un tamalero porque mucha era la gente y mucha la tragazón. Y lo que sigue fue como la hecatombe, porque como circo de ochenta pistas, mientras allá se bailaba con desenfreno, al lado se cantaba hot-jazz, acá se platicaba con pasión, acullá se masticaban los tamales con frenesí y aquí se escanciaba cerveza a granel, bueno, no mucho porque tampoco era tanta y hubo de hacerse otra expedición. Después de la última rola, una vez que la oscuridad celeste se había consolidado, en el jardín de la finca se registró un espectáculo sorprendente: un sueño azul que Marialuisa había vislumbrado bajo el tórrido sol de la tarde se transfiguró en arlequín y hacía suertes con bolas incandescentes, danzaba bajo la estrella de fuego y convencía a los incrédulos de que era en efecto un sueño.

De esos fuegos a la fogata no había más que dar unos pasos y acarrear algunas botellas y mientras Raquel y Marialuisa contemplaban el video que preparó Ixtoc para promocionar el juego de pelota (filmado en la superficie aplanada al final del jardín que resultó una cancha de pelota prehispánica) sorprendidas pero totalmente de acuerdo con la narración en alemán, cuyo coda: “la historia no nos venció porque nosotros somos la historia” aplaudieron con entusiasmo, el resto del grupo se había congregado alrededor del círculo pétreo que albergaba en su seno la antorcha que alumbraría aquella noche de pohemia, como había anunciado el entrañable Tonatiuh Mar. Se dice que alumbraría la noche, porque la iluminaron las muchas maravillas que ocurrieron en ese escenario y de las que no se pude dar sino una pálida idea, que para abrevar en ese prodigio había que estar ahí y yo no fui, como tampoco estuvieron Yvoneas y Armando diabloconzept y Jaimlet y otros queridos que tampoco estuvieron pero estaban.

El caso es que Nora cantó en náhuatl y luego se arrancó a dirigir un periplo por las canciones más azotadas de la vernácula mexicana, pasando por “El Rey” y “La Chancla” y luego Raquel declamó a Neruda y el Tigre contó la de Li Po y Máximo leyó unos poemas que estaban más en guaraní que en castellano, y llendo para atrás se fueron desvaneciendo los cuerpos y el tiempo se fue confundiendo hasta convocar a la serpiente que las mujeres mataron con sus instrumentos de labranza y la canción sioux al sol. Y luego se confundió más, pues concurrían en acorde consecutivos Shakespeare y García Márquez y Summertime, y las voces y los cantos se fueron uniendo al vaho que exhalaba la alberca y al humo de diversas combustiones hasta que amaneció solitario el rescoldo que habría de encender el temascal.

Mientras Nora y Eduardo visitaban las pirámides, el resto del contingente se entregó al desayuno tempranero, a la ceremonia de ofrecimiento para la cama de las abuelas[4], al Tai Chi bajo un sol inclemente que no hizo distinción entre justos y crudos desvelados pecadores y luego se congregó en la entraña de la tierra, alrededor de un círculo de diferente naturaleza pero presidido por un fuego como el de la noche anterior: ancestral. Como Marialuisa lo había vaticinado, el Tigre torció el mostacho el primero y a lo largo del sudadero fueron sucumbiendo varios por diversas razones o saliendo y entrando o integrándose a última hora, como fue el caso de los piramidautas. Especial mención merece la larga estancia de Doña Lupita que incólume y platicadora se aventó tres de cuatro tiempos y el último no se lo echó porque “más vale no tentar a Dios”.

Aunque los beneficiados de la temascaleada anterior (y acrónica) coincidieron en que siempre es una experiencia poética, esta vez el temascal resultó un tanto cuanto accidentado, ya fuera porque todavía no estaba recubierto de barro o porque la noche anterior se consumió cierta cantidad de lubricantes sociales o porque algunos incurrieron en la imprudencia de desayunar en forma esa mañana o simplemente porque no hay dos experiencias iguales y no necesariamente es una mejor que la otra, como pueden constatar los que días después efectuarían una lectura en el hospital siquiátrico.

Pero esa es también otra historia y esta ya se acabó, porque después del temascal empezaron unos los preparativos del viaje de regreso a la tierra, otros le dieron todavía un par de vueltas a la luna y la Luna Azul quedó en silencio después del asalto de un numeroso grupo de Salvajes, locos, niños y poetas.



[1] Que no es el mismo Tonatiuh responsable de esta aventura, quien habría de llegar poco después.

[2] Leer poesía en el vórtice de la montaña.

[3] Se omiten los nombre en atención a los involucrados para que los jueces del futuro luego no anden diciendo que los poetas son unos borrachos, porque además no todos los innombrados eran poetas y si lo eran no se lo creían.

[4] Consúltese la crónica, ágrafa aún, del periplo anterior por el temascal en Oxtotipac.

Leer poesía en el vórtice del Istmo

Crónica escrita por Roberto Ramos

En lo que representa una verdadera cruzada para llevar el resplandor natural de la palabra expuesta y ofrecida en su expresión radical de la poética, la tribu o la cara–no–vana, de Salvajes, locos, niños y poetas, realizó dos lecturas de obra propia en la mera tierra de la Sandunga, una de ellas durante la noche sobra la plaza de Santo domingo en Tehuantepec y la otra al caer la tarde del día siguiente en el espléndido patio de la Casa de la Cultura.

María Luisa Rubio, Roberto Ramos y nuestra adalid Raquel Olvera partieron del jardín Hidalgo en el centro de Atzcapotzalco el domingo 19 de mayo (donde ofrecieron una lectura) con rumbo a el Istmo de Tehuantepec.

Abordaron el Metro en la estación Camarones de la línea naranja; transbordaron en Tacubaya con rumbo a Pantitlán. Descendieron en el andén de San Lázaro y celebraron entre muchas otras cosas la gracia de un pregonero en el vagón que pasó casi cantando.

“El libro de los sueños y las pesadillas por sólo diez pesos.”

Con las mochilas terciadas al hombro y el fulgor de la aventura en las pupilas se desplazaron por el amplio corredor de acceso al edificio trazado con la arquitectura ancestral del peyote: la TAPO. Su nave partió a las cinco y cuarto exactamente. Luego de siete horas de viaje continuo en el que se recitó poesía, se narraron historias verdaderas y apócrifas, se discutieron temas de la creatividad, y se convenció a El tigre Famélico para aceptar el título de poeta, arribaron a la ciudad de Oaxaca alrededor de la media noche.

En un taxi local de franjas rojas se trasladaron al hotel Cid de León. Rebasados por la exquisitez del decorado de las habitaciones, subieron a conversar conmovidos en serio a la terraza con jardín y macetas colgantes, desde donde contemplaron la cúpula catedralicia de el Carmen, bajo y una luna menguante con resplandor platinado. El Tigre Famélico ya próximo al arribo a la ciudad de Oaxaca, intentó deslumbrar a las poetas formulando una arriesgada analogía entre el Génesis y el instante de la toma de conciencia. María Luisa elogió de alguna forma la propuesta pero de inmediato reviró esgrimiendo un argumento de Mary Shelley, la creadora del doctor Víctor Frankestein, pues la autora propone que en el principio era el caos más que la nada del Génesis, de donde el artista toma los elementos adecuados que le permiten establecer un orden en el plano poético.

Lety Ricardez, María Luisa Rubio y Raquel Olvera, se quedaron revisando la novela Entre Caracoles hasta las seis de la mañana siguiente. Desayunaron con la anfitriona Lety Ricardez en la terraza con jardín iluminado por la luz del día. Les sirvieron tamales de hoja en el más puro estilo oaxaqueño, enchiladas rojas colmadas con crema y queso rayado de la región, jugo de naranja, café y pan de dulce.

A las 13:00 horas en una camioneta gris acero con un motor fino que tiene el rumor de la niebla cuando se desplaza, partieron del centro de Oaxaca con rumbo hacia Tehuantepec. En el camino María Luisa Rubio leyó en voz alta el adelanto de la novela que está escribiendo Leticia Ricardez, quien viajaba precisamente conduciendo el volante. Agradó al grupo la audacia y la pericia en la propuesta estructural en la que se ofrece la trama, y también se hicieron notar los elementos narrativos donde las escritura que ejercitan las mujeres de la obra, juega tal papel de composición que, además de revelarse a sí mismas, prácticamente involucran al lector como posible actor de la obra que está leyendo. Agradó la forma en que Graciela se va dibujando a sí misma y reconstruyendo los sentimientos esenciales de su personalidad, y así todos las personajes centrales, comienzan a descubrirse a sí mismas a través del ejercicio de la escritura.

La carretera por la que viajaron es sinuosa, de curvas estrechas que se pandean, bordada de espléndidas laderas que son la piel de la sierra madre, poblada de cactus espigados con brazos de candelero y que por su abundancia de pronto ofrecen la impresión de ser soldados de Marte custodiando el camino.

En un momento dado el trayecto se tornó infinito, pues pareció que los envolvió una burbuja de realidad donde ya no avanzaban ni en el kilometraje ni en el tiempo. En un poblado reducido al costado de la carretera le preguntaron a una mujer la distancia que faltaba para llegar a su destino y ella respondió que dos horas. Hicieron una escala de tregua en Jalapa del Marqués y ahí comieron con grande contento y camaradería unas mojarras fritas con su ensalada de guarnición y su rodaja de jitomate y bebieron agua de coco directamente de unos cocos verdes y frescos recién arrancados de la mata de la palmera salvaje.

Aproximadamente a las siete de la noche arribaron a la ciudad de Tehuantepec. Prácticamente en la entrada de la población estaba el hotel, que se llama Giexhoba, donde se hospedaron a las carreras para en seguida trasladarse a Santo Domingo, pues además de tener el tiempo encima, en la recepción les comunicaron una mensaje apremiante.

Después de un suave conjunto de Jazz con teclados y con una cantante espigada de cabello amarillo como los campos de trigo y pómulos en relieve, anunció el locutor la participación y la lectura del grupo Salvajes, locos, niños y poetas. El presidente municipal el doctor Martín Vásquez Villanueva estuvo presente, sentado y atento a la danza de letras y a las imágenes que de ellas se derivaban. María Luisa Rubio sorprendió con una voz que de pronto se desplegó con un vigoroso radio por toda la plaza y la parecía hacer flota con todo y árboles en una ingravidez acorde con el clima.

Se escuchó la voz de Raquel que no dejó de maravillarse de que no hacía más de un día habíamos estado en el parque de Aztcapotzalco y le llamó la atención el canto de los pájaros jugando entre los tupidos follajes y ahora en ese otro jardín lo que le llamaba la atención fue el canto de los niños que corrían y jugaban. Leticia Ricardez también leyó obra propia y Roberto Ramos estrenó un cuento que se denomina El río asesino. Al final se aproximaron algunas personas a las poetas. Un joven en una libreta de colección, forrada con cuidado, les solicitó su autógrafo a cada una de las integrantes. Después a la media noche el grupo en pleno cenó tasajo y café en el restaurante del hotel Giexhoba, que es una flor blanca como la nieve.

El martes 21 después del desayuno la emprendieron hacia la Ventosa. Cuando bajaban de la camioneta les advirtieron que el mar estaba picado. Se aproximaron a recoger algunas piedras a la orilla y ocurrió el fenómeno óptico que con el escenario de un mar un tanto agitado, la silueta y los contornos de las poeta se tornaron en extremo delicados, muy próximas a las fronteras del hechizo. Y en algunas de las palapas se escuchaba un radiecito con:

“Una lágrima y un recuerdo, de por vida llevaré.”

Raquel recogió una piedra para Lety y a partir de ahí la estuvimos bombardeando de palabras, versos y pensamientos con el propósito de que cuando Lety toque esa piedra, las palabras del recuerdo se desprenda y corran a través de la frecuencia de su torrente sanguíneo y nunca jamás se olvide este viaje. De ahí se trasladaron a Juchitán, cebados francamente por la ilusión del paladar del tigre de probar las tlayudas legítimamente preparadas. Lo primero que hicieron al llegar fue adentrarse en el mercado. Raquel Olvera lucía deslumbrante –con un vestido que ella mismo confeccionó con estampados de signos y sombras guindas– y así se lo hicieron notar las marchantas juchitecas. “Estás alegre, ña.” Una joven que ofrecía en su canasto de múltiples oficios, mangos, le dijo a María Luisa que probaran unos para que se pusiera más blanca y más dulce, y se lo dijo acariciándole el brazo. Raquel Olvera compró iguana, pero no se atrevió a comerla y María Luisa entró al quite. Lety Ricardez nos esperó en una jardinera del parque. Raquel, María Luisa, Teresa y Roberto comieron tlayudas preparadas por Na Jacinta. Luego fueron con Lety que ya había establecido y dilatado su imperio de encantamiento, y tenía muy divertidos con sus frases a los lustradores de calzado que estaban convertidos en unos tahúres jugando cubilete de una manera que le llamó mucho la atención a Lety pues cuando agitaban los dado llevaban el cubilete a la altura de la oreja como tratando de adivinar las cifras que se convulsionaban en el interior. También ya se había hecho amiga de la vendedora de nanches y casi establecía una sociedad comercial con ella. En el parque el Tigre –dado que subestimaron su petición de que por favor le pusieran un bozal en los ojos– distinguió a una Venus espigada con una pantalón de mezclilla muy entallado que estaba ayudando a unos jipis a hacer trencitas y le empezó a tirar unas tarascadas con la pupilas que además de rebanar la silueta de la Venus la estaba poniendo más hermosa, casi hasta el escándalo. Por eso mejor se fueron, distrayendo al Tigre con temas literarios Después acompañaron a Lety a comer un rico pescado y de ahí regresaron a Tehuantepec. Por cierto que en la entrada se ve una capilla blanca sobre una colina. Tomaron un leve refrigerio y se reencontraron en el estacionamiento. Salieron las poetas deslumbrantes. La que no llevaba vestido largo negro, era porque lucía una especie de kimono oriental, con líneas guindas, o bien era porque llevaba una huipil amarillo que hacía cundir los gérmenes de un hechizo insospechado en las pupilas que empezaban a dilatarse por los contrastes de luz propios de cuando atardece. Cuando llegaron al patio de la casa de cultura les llamó la atención la forma en que unos hombres esparcían de una cubeta con la parsimonia de la ofrenda, agua que de inmediato era absorbida por el ladrillo rojo del piso. El escenario ya estaba listo y hubo la ocasión propicia para realizar una prueba de sonido y dialogar algo a propósito de las voces que convienen en el momento de la lectura y así se empezó a convocar a la gente de Tehuantepec para que se animara a pasar a los asientos que los estaban aguardando. Sucedió que se invitó a una persona del público para que realizara una traducción simultánea de los poemas y fue en verdad un fenómeno interesantísimo desde cualquier punto que se le quiera apreciar pues el mismo público espontáneamente eligió a la persona adecuada y por fin se animó a subir y con micrófono en mano tradujo poemas de Lety, de María Luisa y de Teresa y de Raquel y un fragmento de los Cien años de soledad, para regocijo de los ahí reunidos. En eso llegó el presidente municipal el doctor Martín Vázquez y también Georgina Meneses García que había tenido algunos problemas el día anterior pero ya estaba ahí con una sonrisa literalmente radiante y se llevó a cabo la lectura.

Esta vez abrió la sesión Raquel Olvera, comentó el propósito del grupo, la relevancia de la lectura y su convicción de que la lectura de las imágenes poéticas tienen una influencia decisiva en los goznes del universo; luego María Luisa con un poema preferido de Pavel donde una idea zumbadora termina aniquilada por un manotazo certero; Roberto narró un cuento propio y cerró la sesión Lety Ricardez con un poema en italiano y otro dedicado a la memoria de su padre y fue en verdad un momento relevante. De nueva cuenta la gente del auditorio escuchó con mucha atención y con respeto y al final el presidente municipal se levantó a agradecer la actuación del grupo y también él fue muy elocuente al grado que citó a Octavio Paz cuando recomendaba a los políticos la lectura de poesía y ya después varias personas del público se aproximaron a las poetas para solicitarles su autógrafo o para preguntarles alguna cuestión sobre la naturaleza del oficio y entre ellos un periodista presentó a su hijo de apenas seis años de edad a Raquel y resultó que el niño es un excelente lector de poesía que se ha ganado varios premios en la escuela y Raquel le dijo el poema de José Juan Tablada y el niño se lo aprendió de inmediato y lo memorizó y erigió letra por letra y no sólo eso sino que además inventó una palabra que supera a la que está incorporada en el poema, infinitamente superior al que anotó José Juan Tablada pues en vez de carcajada el niño decía carcajiada y luego le preguntamos que qué era lo que entendía del poema y respondió que pues que en verano había muchas carcajiadas, y luego todavía limpiándonos algunas lágrimas de los ojos le preguntamos que quien le había enseñado a leer y respondió que su maestra Teté y le volvimos a preguntar que si era bonita su maestra y dijo que sí y le preguntamos que cómo era, y entonces dijo dirigiéndose a Raquel: Es como usted. También quisimos saber lo que había percibido del recital de poesía, entonces el pequeño habló de un poema que decía algo de las sombras y remató diciendo que el había entendido que el hombre que no tiene corazón, no tiene sombra. Mientras tanto se llevaba a cabo un concierto de clavecín y ya al final el niño subió a leer algunos poemas y todo mundo se quedó sorprendido con la claridad de su dicción y Lety Ricardez le obsequió los poemas y estuvo un rato platicando con él, a quien es muy probable que traigan a una lectura en la ciudad de México.

Después nos fuimos con los concertistas, el presidente municipal Martín Vásquez y Georgina y todo el grupo de poetas a cenar en la plaza de Santo Domingo y de nueva cuenta se consumieron con especial entusiasmo las tlayudas. Ahí ya nos despedimos del presidente municipal que tuvo muchas atenciones para con el grupo y con Georgina Meneses que es una estupendas cantante y tiene una versión muy interesante de Naila de Chuy Rasgado, pero que sobre todo tiene un entusiasmo y los problemas que tuvo para estar presente se disolvieron con el resplandor de su sonrisa y fue un toque de hospitalidad para el grupo que se fue a descansar al borde de la media noche para partir al día siguiente.

Salieron como a las una de la tarde. Hicieron una escala para comer rico en una presa, con palapas y hamacas y un mezcal prodigioso que despertó espacios gramaticales de mucho regocijo. Después emprendieron de nuevo el retorno y de pronto María Luisa tomó la palabra y les empezó a hablar de la vida de Mary Shelley y las dificultades que tuvo que librar para poder escribir su obra y muchos datos en verdad enriquecedores, y María Luisa narró con una pasión el tema, que todo mundo quedó suspendido del hilo de su información. Se leyó de nueva cuenta poesía, a Girondo, a Oscar el hijo de Lety, el primer capítulo del Quijote y fuimos recordando las frase que surgieron en el camino como que el corazón no es coyuntural, que no quiero porque me gusta demasiado, que en la Ventosa las palabras se las lleva el viento, que hay pero que linda venías, que ah bueno pues así si canto, que ¿a dónde olvidé mi papel? o cuando nos confirmaron las tres habitaciones y alguien dijo ya nos salvamos, y todo ello entre grandes risas y verdaderamente felices trasladados en esa camioneta de fantasía cuyo motor tiene el rumor de la niebla y entonces ya estaba el grupo próximo a llegar a la ciudad de Oaxaca cuando Lety les reveló su mayor regalo, una puesta de sol que calculó con precisión milimétrica, y de pronto creyó que ya se le había pasado el suceso, pero resultó que el sol estaba agazapado detrás de una espesa nube azul como cuerpo de toro y empezó a salir como si el toro estuviera regurgitando el corazón redondo, con plenitud, lentamente, semejante a la gallardía de un león de melena escarlata, para irse hundiendo entre las líneas de cerros, ante la mirada extasiada de las poetas, cuyas pupilas se anegaron con el resplandor hasta consumir la última braza que fulguró en la punta de la cordillera de cerros.

Desde la Ventana

Desde la Ventana

Llegada de Lety Ricardez al Grupo

Nada hubiera sucedido si Raquel Olvera no se asoma desde la ventana. El camión se marchaba llevando de regreso a la ciudad de México a las asistentes al VII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, aquella mañana de noviembre del año /99.

Parece mentira que el año anterior, que tuvo como sede a San Marcos Arteaga en la Mixteca Oaxaqueña, las participantes fueran sólo cien mujeres y no destacara entre ellas para mí ¾en ese momento¾ la figura de Raquel. Ella estaba convaleciente y tal vez por eso se mantuvo alejada del resto del grupo y tuvo tiempo (dice ella) para observarme siempre rodeada de otras poetas. No puedo negarlo, en realidad tuve esa fortuna, pero esa Diosa siempre caprichosa, me reservaba para el siguiente Encuentro ese regalo.

En este VII Encuentro, primero que clausuró en Oaxaca, tuve la oportunidad de leer tres de mis sencillos trabajos en ese foro magnífico que brinda el Centro Cultural Santo Domingo y Raquel los escuchó con esa generosidad que la caracteriza y descubrió entre la paja, el germen de la poesía. Decidió rescatarlo y laborar en esa tierra que ella supuso fértil, fue por eso que se asomó a la ventana del camión y la transformó para mí en una puerta jamás imaginada.

¾No dejes de escribir¾ me dijo y lo repitió dos veces. A continuación me preguntó ¾¿Cómo puedo tener tus cosas? Me gustaría leerlas. Por favor dame también tus datos¾ Sus apremiantes palabras sonaron a música en mis oídos. Atendiéndolas, logré pasarle mi dirección y teléfono por la que en ese momento dejó de ser ventana, a justo tiempo antes que el camión arrancara y alcancé a decirle: ¾Marianela Tortós de Costa Rica lleva uno de mis libros, por favor léelo¾ la urgí y agregué tratando de corresponderle y mantener la compostura al mismo tiempo: ¾gracias, gracias¾ pero no pude evitar que la vista se me nublara en gratitud.

Nunca imaginé que la poeta que es Raquel se tomara la molestia de cambiarse de lugar para sentarse al lado de Marianela y menos que ocupara las horas del viaje leyendo de un tirón todo el libro. Días después se puso en contacto conmigo para preguntarme si tenía escrito algo más y pedirme que se lo enviara. Al saber que tenía tres libros en mi haber, me anunció que cuándo hubiera terminado de leer todo me hablaría. Con la mayor premura, le hice llegar los otros libros impresos en mi computadora, sin tallerear por supuesto ¾en aquél tiempo ni siquiera sabía que era necesario realizar ese trabajo¾ pero eso si, muy bien empastados.

Pasó un tiempo relativamente corto, si consideramos el volumen de lo que tuvo que leer y soportar Raquel y un buen día me llamó para decirme ¾asómbrense¾ que si yo tenía tiempo, para que viniera a trabajarlos conmigo, porque ella estaba dispuesta. ¡Por supuesto que yo tenía tiempo! Y ella como lo dijo, lo cumplió. Ignoró la magia y exigente llamado de Oaxaca y se dedicó por entero a su noble tarea:

Llegó cargando no sólo libros de poesía, también fotostáticas sacadas a su costo, de libros imposibles de conseguir y antes de sumergirnos en toda la extensión de la palabra en el quehacer poético que ella ya tenía ordenado en su mente, me pidió que le mostrara un poema impreso de un autor que a mi me agradara. Con todo el respeto que nos merece la autora de ese poema ¾que hasta la fecha me sigue gustando¾ Raquel me mostró de manera gráfica, cómo en una obra impresa y editada, todavía quedan palabras que ocultan la belleza del poema. Esto era indispensable antes que ella, por su delicadeza, pudiera abrir ante mí las páginas de mis libros y me dejara ver todas las tachas que había colocado en ellos. La suavidad con la que trató a mi niña interior, me hizo estallar en francas carcajadas ante el desastre que sólo después de eso me mostró. Me hizo leer mis pensamientos (así se llamaba el primer libro) ahora transformados en poemas, a los cuáles no les cambió palabra, sólo invirtió su orden en muchos casos ¾tengo esa anticuada tendencia a la hipérbole¾ y en otros eliminó líneas enteras; redujo los libros a un tercio o tal vez más, yo hasta ese tamaño me atrevo a confesarlo. Nunca había visto hacer a un alquimista, fue como si ella percibiera mi transparencia y fragilidad y estuviera dispuesta a transformarme de vidrio en cristal. Una vez que me había dejado cautiva de la transmutación que realizó, los cerró y me dijo:

¾Estos libros son míos, no hagas caso de mis correcciones, ahora toma los tuyos y trabájalos, harás sólo lo que tú quieras hacer. Debes seguir siendo tú misma¾.

No conozco la historia de cómo llegaron los demás, pero puedo suponerla. Yo nací a la poesía al lado de Raquel y junto con el Taller. ¿Creen ustedes que hubiera poder humano que impidiera que yo me quedara?

Lety Ricárdez