Wednesday, November 16, 2005

Desde la Ventana

Desde la Ventana

Llegada de Lety Ricardez al Grupo

Nada hubiera sucedido si Raquel Olvera no se asoma desde la ventana. El camión se marchaba llevando de regreso a la ciudad de México a las asistentes al VII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, aquella mañana de noviembre del año /99.

Parece mentira que el año anterior, que tuvo como sede a San Marcos Arteaga en la Mixteca Oaxaqueña, las participantes fueran sólo cien mujeres y no destacara entre ellas para mí ¾en ese momento¾ la figura de Raquel. Ella estaba convaleciente y tal vez por eso se mantuvo alejada del resto del grupo y tuvo tiempo (dice ella) para observarme siempre rodeada de otras poetas. No puedo negarlo, en realidad tuve esa fortuna, pero esa Diosa siempre caprichosa, me reservaba para el siguiente Encuentro ese regalo.

En este VII Encuentro, primero que clausuró en Oaxaca, tuve la oportunidad de leer tres de mis sencillos trabajos en ese foro magnífico que brinda el Centro Cultural Santo Domingo y Raquel los escuchó con esa generosidad que la caracteriza y descubrió entre la paja, el germen de la poesía. Decidió rescatarlo y laborar en esa tierra que ella supuso fértil, fue por eso que se asomó a la ventana del camión y la transformó para mí en una puerta jamás imaginada.

¾No dejes de escribir¾ me dijo y lo repitió dos veces. A continuación me preguntó ¾¿Cómo puedo tener tus cosas? Me gustaría leerlas. Por favor dame también tus datos¾ Sus apremiantes palabras sonaron a música en mis oídos. Atendiéndolas, logré pasarle mi dirección y teléfono por la que en ese momento dejó de ser ventana, a justo tiempo antes que el camión arrancara y alcancé a decirle: ¾Marianela Tortós de Costa Rica lleva uno de mis libros, por favor léelo¾ la urgí y agregué tratando de corresponderle y mantener la compostura al mismo tiempo: ¾gracias, gracias¾ pero no pude evitar que la vista se me nublara en gratitud.

Nunca imaginé que la poeta que es Raquel se tomara la molestia de cambiarse de lugar para sentarse al lado de Marianela y menos que ocupara las horas del viaje leyendo de un tirón todo el libro. Días después se puso en contacto conmigo para preguntarme si tenía escrito algo más y pedirme que se lo enviara. Al saber que tenía tres libros en mi haber, me anunció que cuándo hubiera terminado de leer todo me hablaría. Con la mayor premura, le hice llegar los otros libros impresos en mi computadora, sin tallerear por supuesto ¾en aquél tiempo ni siquiera sabía que era necesario realizar ese trabajo¾ pero eso si, muy bien empastados.

Pasó un tiempo relativamente corto, si consideramos el volumen de lo que tuvo que leer y soportar Raquel y un buen día me llamó para decirme ¾asómbrense¾ que si yo tenía tiempo, para que viniera a trabajarlos conmigo, porque ella estaba dispuesta. ¡Por supuesto que yo tenía tiempo! Y ella como lo dijo, lo cumplió. Ignoró la magia y exigente llamado de Oaxaca y se dedicó por entero a su noble tarea:

Llegó cargando no sólo libros de poesía, también fotostáticas sacadas a su costo, de libros imposibles de conseguir y antes de sumergirnos en toda la extensión de la palabra en el quehacer poético que ella ya tenía ordenado en su mente, me pidió que le mostrara un poema impreso de un autor que a mi me agradara. Con todo el respeto que nos merece la autora de ese poema ¾que hasta la fecha me sigue gustando¾ Raquel me mostró de manera gráfica, cómo en una obra impresa y editada, todavía quedan palabras que ocultan la belleza del poema. Esto era indispensable antes que ella, por su delicadeza, pudiera abrir ante mí las páginas de mis libros y me dejara ver todas las tachas que había colocado en ellos. La suavidad con la que trató a mi niña interior, me hizo estallar en francas carcajadas ante el desastre que sólo después de eso me mostró. Me hizo leer mis pensamientos (así se llamaba el primer libro) ahora transformados en poemas, a los cuáles no les cambió palabra, sólo invirtió su orden en muchos casos ¾tengo esa anticuada tendencia a la hipérbole¾ y en otros eliminó líneas enteras; redujo los libros a un tercio o tal vez más, yo hasta ese tamaño me atrevo a confesarlo. Nunca había visto hacer a un alquimista, fue como si ella percibiera mi transparencia y fragilidad y estuviera dispuesta a transformarme de vidrio en cristal. Una vez que me había dejado cautiva de la transmutación que realizó, los cerró y me dijo:

¾Estos libros son míos, no hagas caso de mis correcciones, ahora toma los tuyos y trabájalos, harás sólo lo que tú quieras hacer. Debes seguir siendo tú misma¾.

No conozco la historia de cómo llegaron los demás, pero puedo suponerla. Yo nací a la poesía al lado de Raquel y junto con el Taller. ¿Creen ustedes que hubiera poder humano que impidiera que yo me quedara?

Lety Ricárdez

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