Wednesday, November 16, 2005

VIAJE ALREDEDOR DE LA LUNA

VIAJE ALREDEDOR DE LA LUNA

Cronica 11 y 12 de junio 2004

María Luisa Rubio

El día: 11 y 12 de junio de 2004. El lugar: Finca Luna Azul, San Juan Teotihuacan, detrás del módulo de Transportes Teotihuacanos, al lado del Balneario La Fuente, Barda azul. El contacto: Tonatiuh Martínez (teléfonos). El motivo: Ceremonia y festejo por la inauguración del Centro Cultural “Luna Azul”.

Esta vez, Cardo haría un ejemplo demostrativo de su nombre: cada quien llegaría por su lado. El venerable consejo de ancianos (Doña Lupita, Premalata y Amaradás) y nuestra líder (Raquel, of course) saldría de Tacubaya bajo la responsabilidad del insumergible Juan rumbo a Lomas de Sotelo, lugar donde completaría su venerabilidad en la figura de Dolores Castro y agarraría camino. Otro racimo salió de la terminal de autobuses en la estación del metro Deportivo 18 de Marzo. Nora, Marialuisa, el invitado Eduardo Montenegro y el Tigre Famélico se dieron cita en ese lugar a las 10 de la mañana y una vez reunidos, hora de partir, costó mucho trabajo desprender las pupilas de los muchachos del cuerpo de una joven sirena que medía con largos pasos el andén. El viaje transcurrió en amable plática, en la que, para variar, el Tigre Famélico suspendía su natural escéptico para darle demasiado crédito a Will Durand y, no sin cierta inocencia, descalabrar la figura de Goethe en favor de Beethoven. Después de un sabrosísimo concierto a bordo de la nave, a cargo de dos charros mexiquenses, en el que el Tigre movía el bigote al son de “No me dejes, por dios te lo pido”, el cuarteto de viajeros cayó en la cuenta de que los costados de la carretera estaban sembrados con castillos medievales. En realidad vieron solamente uno, pero es de todos conocido que la hiperbofilia es una enfermedad contagiosa, progresiva y mortal.

Llegaron al centro de San Juan Teotihuacan, no sin antes haber tratado al operador como a pesero defequense, al exigirle a gritos ¡bajan!¡bajan! y aquel responder, un tanto sorprendido, “aquí no hay parada”. En el restaurante “La Terraza” desde cuya ventana se divisaba el kiosco de la placita procedieron a refinarse unos teotihuacanos desayunos, con sus respectivos jugo y café serrero (whatever it means) y emprendieron el camino rumbo a la Finca. Ahí el contingente se subdividió, pues Nora y Eduardo pernoctarían en la casa de un amigo, por lo que fueron a dar noticia de su llegada y a descargar sus bártulos, así que Marialuisa y el Tigre continuaron, tropezándose a cada rato con el deslumbrante colorido de las flores, hasta llegar a la Luna Azul.

Tremendo portón de hacienda abierto de par en par los esperaba, aunque adentro no los esperara nadie ni ellos mismos esperasen lo que habrían de encontrar. Ya adentro, a la izquierda, una puerta más pequeña daba paso a un patio interior con piso de barro en el que estaban colocando una lona; más adelante el jardín de la finca, amplio y soleadísimo en el que otra lona esperaba a techar un temascal en construcción. Al fondo del predio una superficie de tierra que parecía una cancha; más hacia acá una alberca franqueada por dos leones de piedra. Los sorprendidos reciénllegados descubrieron que además (¡ADEMÁS!) había un amplio salón de ventanas en arco colonial con una mesa de billar y confortables sillones, espacio que de inmediato secuestraron para convertirlo en el centro de operaciones. En lo que el Tigre hacía nomeacuerdoqué Marialuisa salió al jardín en cuyo extremo más alejado estaba en plena construcción el temascal y cuál no sería su sorpresa al encontrar a Tonatiuh el temazcalero[1], capitán de navío en una travesía anterior, en la que se verificaría el matrimonio... pero esa es otra historia que, por cierto, no se ha escrito. Volvamos a la nuestra.

El Tigre Famélico y Marialuisa salieron a dar una vuelta por el pueblo; visitaron el mercado donde compraron unos dulces mangos que les recordaron otro viaje (el de Tehuantepec[2]) y vieron junto al puesto de frutas un desflorecido altar a San Juan Bautista que, a decir del Tigre, le hacía honor al estilo estoico del santo. Siguieron dando la vuelta, mientras hablaban del gusto por el bien decir y de cómo el Tigre ha estado trabajando en ello con mucho ahínco y tezón y vaya que habría de dar sobrada muestra de ello más tarde. Para cuando regresaron, porque los pies de Marialuisa ya se habían quedado roncos, Nora y Eduardo estaban dándole duro al billar y los recién llegados se estaban uniendo a la taquiza (por los tacos del billar, se entiende, ¿no?) cuando llegó Tonatiuh Martínez, titiritero y fantabulista, autor intelectual y material de esta aventura todavía en pañales, a darles un merecidísimo abrazo; a anunciar que en breve empezaría la comilona; a avisar que mientras unos estaban en la Luna Azul, Raquel, los venerables y el insumergible estaban en el Quinto Sol y que él iba por el requerimiento técnico de la música de más al rato y que ahorita regresaba.

En eso estaban cuando llegó Froylán, el generosísimo anfitrión, y de inmediato los llevó a dar un recorrido por la casa principal de la finca, les enseñó algunas fotos de la zona arqueológica y sus alrededores de hacía muchísimo tiempo, les mostró un bodegón en el que había ensayado sus inquietudes pictóricas y luego se divirtió haciendo gala de su egoteca [sic de Froylán]. Acto seguido les platicó de su cercanía con Ixtoc, joven jugador de pelota con el que está trabajando en el rescate de ese deporte prehispánico con tanto éxito que ya tienen invitación para inaugurar el Campeonato Mundial de Fútbol Alemania 2006 y les mostraba el aro labrado en obsidiana que se trabajó para ese efecto, cuando empezaron a llegar más invitados, por lo que el cuarteto se retiró a los jardines de la finca. Marialuisa presentó a Eduardo con Tonatiuh el temascalero y los dejó trabajando, mientras Nora, Roberto y ella misma la emprendían con el pasto, a aplanarlo con las aposentaderas lo más fuerte posible.

Estuvieron platicando un rato y no se sabe cómo se zafó el Tigre o qué respuestas le dio al resuelto interrogatorio que Nora ejercía sobre su persona mientras Marialuisa hacía la meme. Y ahí inició la verdadera fiesta, porque empezaron a llegar los invitados: Ana María y Angel, pintora y escritor locales; Raquel, los venerables y el insumergible; Tonatiuh Mar... y llegaron los tacos y el agua de jamaica y una torrencial lluvia que congregó a todos en la mesa de en medio en la que Froylán contaba la historia de su ruptura amorosa, la adquisición y progresiva restauración de la finca con la palmera bajo la cual se le había declarado a su ahora exesposa veintisiete años atrás y el origen del nombre Luna Azul: su hija, Deyanira, se miraba azul desde que era niña. Concluyeron el ágape en medio de estruendosas risas por las quejas que levantó en Froylán la subrepticia pero inocente sustitución a su lado de Nora por Tonatiuh y mientras los prendidísimos chavos del grupo Alzheimer se acomodaban para el toquín, Cardo trabajaba en poemas frescos para ofrendar en la lectura; aquí algunos de ellos:

Que me alumbrara la risa,
le pedí a la luna azul
el beso no fue de tul
sino de piedra caliza.
Un relámpago de prisa
iluminó el horizonte
y allá en la cima del monte
lucía luz sus matices:
rescata Froy las raíces
con el canto del zenzontle.

(Faltan los de Prema y Amaradás)

En esas estaban, cuando les presentaron a María, jovencísima poetísima de la región que también se echó su palomazo. Habían decidido que la lectura iba a ser más informal que otras veces, pero al ver la indecisión de sus tropas, después de la presentación de Tonatiuh y el primer gran fragmento de Cien años de soledad en voz del Tigre Famélico, Raquel empezó a destacar soldados al frente: José Antonio, Premalata, Nora, Eduardo y María hicieron el primer movimiento y entregaron uno de los obsequios de Salvajes a Luna Azul: un bellísimo cuadro escarlata en el que se veía una luna en cuarto menguante abrazada a un alebrije azul, cuadro que Nora había terminado la noche previa a la luz de un pisco que se tomó con una amiga chilena. Mientras Alzheimer recetaba una sabrosísima tanda de música llegó Iseo y luego Tania, Iván y Máximo y se empezó a juntar un contingente tal que ameritaba el banquete de mangos que se dieron y que les dejó las manos y las bocas amarillos pero dulces.

Para la segunda tanda de poemas ya había tanta gente que no sería correcto nombrarlos a todos por no olvidar a alguno y porque además no todos los nombres eran conocidos. Dolores Castro abrió fuego con la naturaleza, tino, generosidad y buen humor que le son propios, luego Raquel convocó a Valentina que no llevaba sus poemas, así que Tania, Iván y María Luisa hicieron los honores y luego Raquel leyó un poema dedicado a Doña Lupita y le dejo el micrófono a Tonatiuh Mar y a Froylán que se hizo tanto del rogar que terminó perdiendo el poema que iba a leer y mejor compartió el gran cariño que le tiene a su familia en la letra de una epístola dirigida a uno de sus hijos.

Alzheimer volvió a hacer de las suyas y aunque la música estaba muy prendida como que hacía falta combustible, así que los de siempre[3] se organizaron vaquita y excursión a por zumos etílicos y de pasada acarrearon a un tamalero porque mucha era la gente y mucha la tragazón. Y lo que sigue fue como la hecatombe, porque como circo de ochenta pistas, mientras allá se bailaba con desenfreno, al lado se cantaba hot-jazz, acá se platicaba con pasión, acullá se masticaban los tamales con frenesí y aquí se escanciaba cerveza a granel, bueno, no mucho porque tampoco era tanta y hubo de hacerse otra expedición. Después de la última rola, una vez que la oscuridad celeste se había consolidado, en el jardín de la finca se registró un espectáculo sorprendente: un sueño azul que Marialuisa había vislumbrado bajo el tórrido sol de la tarde se transfiguró en arlequín y hacía suertes con bolas incandescentes, danzaba bajo la estrella de fuego y convencía a los incrédulos de que era en efecto un sueño.

De esos fuegos a la fogata no había más que dar unos pasos y acarrear algunas botellas y mientras Raquel y Marialuisa contemplaban el video que preparó Ixtoc para promocionar el juego de pelota (filmado en la superficie aplanada al final del jardín que resultó una cancha de pelota prehispánica) sorprendidas pero totalmente de acuerdo con la narración en alemán, cuyo coda: “la historia no nos venció porque nosotros somos la historia” aplaudieron con entusiasmo, el resto del grupo se había congregado alrededor del círculo pétreo que albergaba en su seno la antorcha que alumbraría aquella noche de pohemia, como había anunciado el entrañable Tonatiuh Mar. Se dice que alumbraría la noche, porque la iluminaron las muchas maravillas que ocurrieron en ese escenario y de las que no se pude dar sino una pálida idea, que para abrevar en ese prodigio había que estar ahí y yo no fui, como tampoco estuvieron Yvoneas y Armando diabloconzept y Jaimlet y otros queridos que tampoco estuvieron pero estaban.

El caso es que Nora cantó en náhuatl y luego se arrancó a dirigir un periplo por las canciones más azotadas de la vernácula mexicana, pasando por “El Rey” y “La Chancla” y luego Raquel declamó a Neruda y el Tigre contó la de Li Po y Máximo leyó unos poemas que estaban más en guaraní que en castellano, y llendo para atrás se fueron desvaneciendo los cuerpos y el tiempo se fue confundiendo hasta convocar a la serpiente que las mujeres mataron con sus instrumentos de labranza y la canción sioux al sol. Y luego se confundió más, pues concurrían en acorde consecutivos Shakespeare y García Márquez y Summertime, y las voces y los cantos se fueron uniendo al vaho que exhalaba la alberca y al humo de diversas combustiones hasta que amaneció solitario el rescoldo que habría de encender el temascal.

Mientras Nora y Eduardo visitaban las pirámides, el resto del contingente se entregó al desayuno tempranero, a la ceremonia de ofrecimiento para la cama de las abuelas[4], al Tai Chi bajo un sol inclemente que no hizo distinción entre justos y crudos desvelados pecadores y luego se congregó en la entraña de la tierra, alrededor de un círculo de diferente naturaleza pero presidido por un fuego como el de la noche anterior: ancestral. Como Marialuisa lo había vaticinado, el Tigre torció el mostacho el primero y a lo largo del sudadero fueron sucumbiendo varios por diversas razones o saliendo y entrando o integrándose a última hora, como fue el caso de los piramidautas. Especial mención merece la larga estancia de Doña Lupita que incólume y platicadora se aventó tres de cuatro tiempos y el último no se lo echó porque “más vale no tentar a Dios”.

Aunque los beneficiados de la temascaleada anterior (y acrónica) coincidieron en que siempre es una experiencia poética, esta vez el temascal resultó un tanto cuanto accidentado, ya fuera porque todavía no estaba recubierto de barro o porque la noche anterior se consumió cierta cantidad de lubricantes sociales o porque algunos incurrieron en la imprudencia de desayunar en forma esa mañana o simplemente porque no hay dos experiencias iguales y no necesariamente es una mejor que la otra, como pueden constatar los que días después efectuarían una lectura en el hospital siquiátrico.

Pero esa es también otra historia y esta ya se acabó, porque después del temascal empezaron unos los preparativos del viaje de regreso a la tierra, otros le dieron todavía un par de vueltas a la luna y la Luna Azul quedó en silencio después del asalto de un numeroso grupo de Salvajes, locos, niños y poetas.



[1] Que no es el mismo Tonatiuh responsable de esta aventura, quien habría de llegar poco después.

[2] Leer poesía en el vórtice de la montaña.

[3] Se omiten los nombre en atención a los involucrados para que los jueces del futuro luego no anden diciendo que los poetas son unos borrachos, porque además no todos los innombrados eran poetas y si lo eran no se lo creían.

[4] Consúltese la crónica, ágrafa aún, del periplo anterior por el temascal en Oxtotipac.

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